Las sonámbulas se confiesan
En mi ciudad natal vivían una mujer y su hija, que caminaban dormidas.
Una noche, mientras el silencio envolvía al mundo, la mujer y su hija caminaron dormidas hasta que se reunieron en el jardín envuelto en un velo de niebla.
Y la madre habló primero:
- ¡Al fin! -dijo-. ¡Al fin puedo decírtelo, mi enemiga! ¡A ti, que destrozaste mi juventud, y que has vivido edificando tu vida en las ruinas de la mía! ¡Tengo deseos de matarte!
Luego, la hija habló, en estos términos:
- ¡Oh mujer odiosa, egoísta y vieja! ¡Te interpones entre mi libérrimo ego y yo! ¡Quisieras que mi vida fuera un eco de tu propia vida marchita! ¡Desearía que estuvieras muerta!
En aquel instante cantó el gallo, y ambas mujeres despertaron.
-¿Eres tú, tesoro? -dijo la madre amablemente.
-Sí; soy yo, madre querida -respondió la hija con la misma amabilidad.
Jalil Gibran.
CATEGORIA: General, Relatos Cortos — Publicado por: Aaron Amás | mayo 25, 2010 at 10:07
Tags: dormidas, ego, hija, Jalil Gibran, mujer, vida
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2 Comentarios
jajajajajajja
que divertido relato
me encanto
jajajajajjajajajjajajajjaja
si creo que pueda pasar
jajajajjajajajajja