Decepción

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A veces me imagino que la decepción suena a copas de cristal rompiéndose sobre el linóleo de un suelo cualquiera.
O al retumbar del eco que produce una ventana vieja mal cerrada.
Quizá sea así porque, cuando me siento decepcionada, algo en mí se rompe de manera irreparable. Jamás vuelvo a confiar por más que me empeñe. Es el miedo al dolor, supongo. El miedo que le tengo a tener miedo.
Es como si una ráfaga de viento empujase una ventana cuya madera hinchada no le permitía ya encajar en su marco desde hacía tiempo. Y el aire que entra, arremolinando en el rincón hojas secas y polvo, se lleva de vuelta al exterior la calidez que la estancia guardaba.
Mucha poesía, al fin y al cabo, para algo como la decepción, que siempre está agazapada esperando el momento, prendida, sobre todo, de nuestros ojos.
La decepción, eso hay que asumirlo, es nuestra y nosotros debemos hacernos cargo de ella, porque casi siempre es la hija que tuvimos junto a nuestras expectativas.
Nada ni nadie está en el mundo para cumplirlas. Los demás, como nosotros mismos, solo viven. Y aquí todos estamos probando a ver cómo se hace.
Excepto, claro, la gente mala, los malvados, quienes hacen daño y destruyen. Esos, probablemente, son la energía que hace que el mundo gire siempre en una dirección que en lo esencial, no nos permite avanzar. Pero quiero pensar que de esos hay menos que de los otros.

Sí. La decepción, de tener sonido, probablemente sonaría a un cristal haciéndose añicos, pero es un ruido que solo llega a un oído.

Elisabet Benavent. Visto en Instagram

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